Carta de Barbara Dawson. Fiesta del Sagrado Corazón

Este año, al celebrar la Fiesta del Sagrado Corazón en un tiempo de oscuridad e incertidumbre, escuchamos la invitación de Jesús: “Venid todos los que estáis agobiados por la carga; tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, porque soy manso y humilde de Corazón” (Mt 11, 28-29) Quizá por primera vez desde que somos una comunidad global, no necesitamos buscar situaciones comunes de sufrimiento en el mundo. Pareciera que un yugo pesado ha caído sobre los hombros de todos nosotros, y particularmente en los hombros de los que son más vulnerables- personas pobres, víctimas del racismo, migrantes, ancianos. Hemos sido DESPERTADOS BRUSCAMENTE no solo por el COVID-19, sino también por sus trágicas consecuencias y por el convulsionado estado de nuestro mundo. Nadie puede negar que nuestro mundo bendecido se encuentra roto.

En esta fiesta del corazón amoroso de Jesús, escuchando los clamores de nuestro mundo, coloquémonos humildemente en nuestra casa común:

Nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba»Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. (Laudato Si’ 1-2)

El fin de semana de Pentecostés me senté en el jardín de Villa Lante, experimentando la belleza de la primavera en nuestra casa común, y pidiéndole a Sofía que me ayudara a descubrir a qué nos estaba invitando el Corazón TRASPASADO de Jesús en este momento de crisis del siglo XXI. El sufrimiento que Sofía vio a su alrededor y su profunda experiencia del corazón herido de Jesús le dio la valentía de actuar, de ser parte activa del plan de Dios para ser y mostrar el amor de Dios en medio de la violencia y desacralización del siglo XIX. La LLAMADA que escuché de parte de Sofía es una llamada a la SOLIDARIDAD:

ENTRAR EN EL CORAZÓN TRASPASADO DE JESÚS, EXPERIMENTAR EL SUFRIMIENTO DEL PUEBLO DE DIOS Y DE TODA LA CREACIÓN, SER SOLIDARIAS UNAS CON OTRAS Y CON QUIENES SUFREN, NO SENTARNOS A ESPERAR, DESCUBRIR DE NUEVO LA MANERA DE MANIFESTAR EL AMOR DE DIOS PARA NUESTRO TIEMPO.

En cierta forma, la Sociedad del Sagrado Corazón ha vivido un proceso de discernimiento de 220 años para descubrir quiénes estamos llamadas a ser y qué es lo que Dios nos pide hacer. Algunas veces lo hemos hecho con más claridad, a veces con enorme valentía, siempre con autenticidad y con el deseo de seguir la guía de Sofía. Ciertamente nuestro camino es discernir cómo nos llama Dios a responder a las necesidades de su pueblo y a vivir el carisma y la misión con fidelidad.

Así como Sofía vivió su momento en la historia y escuchó las llamadas de su tiempo, el COVID-19 y la situación de nuestro mundo nos gritan que PONGAMOS ATENCIÓN a nuestro momento en la historia. El Capítulo General de 2016 nos ayudó a reconocer la necesidad de reenfocarnos. Nos dio una visión y una llamada. Al celebrar esta fiesta, os pido que toméis un tiempo para releer este momento de la historia a la luz de estas llamadas: cruzar fronteras, escuchar en silencio el latido de Dios en nosotras y en nuestro mundo, vivir más humanamente en el estilo radical de Jesús, ser Un Cuerpo con mayor solidaridad mutua. La Sociedad entera está empeñada en buscar nuevas formas de organizarnos para el bien de la misión y también para compartir nuestros recursos de una manera más equitativa. El IMPACTO DE ESTE MOMENTO es una oportunidad de dar consistencia a nuestro compromiso, una oportunidad de cambiar el modo de ubicarnos, de preguntarnos cómo podemos organizarnos como congregación de nuevas maneras para RESPONDER EN SOLIDARIDAD unas con otras y con aquellos que sufren más.

Tal vez necesitamos preguntarnos de forma más clara ¿cuál es el proyecto de Dios para nosotras?. Esa es una pregunta distinta a la de ¿cuál es nuestro proyecto?. A medida que entramos en mayor profundidad en el corazón traspasado de Jesús, lleno de todo el sufrimiento de la humanidad que vemos en nuestro mundo, espero que cada una de nosotras contemple lo que este sufrimiento nos dice desde la perspectiva de Dios. Un modo de empezar es reflexionar las lecturas de la fiesta.

La primera lectura nos recuerda que Dios creó y ama a todas las criaturas, y que toda la creación es sagrada para Dios. En la Laudato Si’, el Papa Francisco llama a esta interconexión con la creación “ecología integral”. El texto del Deuteronomio (Dt 7,6) dice, y lo creemos, que cada persona tiene un lugar en el corazón de Dios, y que nadie queda fuera. El reconocimiento de lo sagrado de cada persona es la base de la Doctrina Social de la Iglesia Católica y el fundamento de los derechos humanos. Tristemente, cuando miramos a nuestro alrededor, vemos que muchas veces la vida no es sagrada. Conocemos personas que temen salir a la calle a causa del color de su piel, con miedo a sufrir violencia e incluso la muerte. Conocemos personas que están solas, con hambre, sin trabajo, con miedo a perder sus hogares o tal vez aisladas en residencias para ancianos.

Vemos gente que se mueve de un país a otro, caminando de un extremo a otro del país, cruzando grandes masas de agua, desiertos y montañas para encontrar seguridad. Como Sofía, ponemos a estas personas y su sufrimiento ante Dios, en nuestros espacios de silencio, ante la Eucaristía. Nos aflige, porque el pueblo de Dios y el planeta, que son sagrados, están sufriendo. Necesitamos DESPERTAR Y PONER ATENCIÓN a este momento, en el que nuestros corazones están llenos al mismo tiempo de temor y compasión, para permitir que este dolor penetre en nuestros propios corazones, para comenzar el lento proceso de transformación y la invitación a una solidaridad auténtica. El primer paso hacia la SOLIDARIDAD es conocer realmente a personas que están sufriendo y profundizar nuestra compasión.

¿Qué significa la SOLIDARIDAD hoy, cuando escuchamos las palabras queridos, si Dios nos ha amado tanto, debemos amarnos también unos a otros? ¿Cómo se traduce el amor en este mundo devastado por la pandemia? ¿A qué se parece el amor cuando vemos la muerte y la violencia en la televisión o en las calles de nuestras ciudades, pueblos y aldeas? ¿Qué quiere decir amar, cuando vemos a niños hambrientos y sabemos que la comida se desecha porque no hay mercado? Espero que esta experiencia que nos ha sacudido haya sentado las bases para lo que yo llamaría un AÑO DE ENCARNACIÓN. Este es un momento no sólo para saborear que «Dios nos ama»; es un momento para encarnar profundamente el amor de Dios en formas muy concretas, en un mundo que está fuertemente desequilibrado a favor de los poderosos. La indignación de Sofía por la violencia e injusticia de su época, la profanación y el desprecio a Jesús y al Santísimo Sacramento, alimentaron su pasión por convocar a un grupo de mujeres para restaurar la fe y educar a las jóvenes a hacer lo mismo. Necesitamos preguntarnos qué enciende nuestra pasión en este momento de la historia de la salvación. Cuando contemplamos el latido de Dios en el mundo de hoy, ¿nos permitimos enfurecernos por la injusticia que vemos, y descubrimos nuevas maneras de manifestar el amor de Jesús? Dentro de nuestra comunidad global tenemos formas muy diferentes de responder a la realidad, normalmente influenciadas por con quién nos codeamos, cómo y a quién atendemos, nuestra edad, nuestra cultura, nuestra conexión con la gente. En SOLIDARIDAD CON CADA UNO DE LOS DEMÁS EN NUESTRA COMUNIDAD GLOBAL, necesitamos aprovechar la rabia justificada y tener conversaciones de trascendencia, para entender y valorar las diferentes caras del amor, para aprender unos de otros. LA SOLIDARIDAD EXIGE DIÁLOGO, a través del cual podemos llegar a aceptar y respetar la experiencia que cada uno aporta a la búsqueda común. ¿Con quiénes estoy dispuesta a dialogar? Ya sea que nuestro modo sea participar en manifestaciones contra el pecado del racismo, acompañar a musulmanes y católicos a dialogar, generar esperanza a través de la enseñanza o dirigir un colegio o universidad, o un proyecto de mujeres, o pasar tiempo frente al Santísimo Sacramento, llevando el sufrimiento de nuestro mundo ante Jesús, todas estas son maneras en las que Dios nos llama a vivir el mandato evangélico en SOLIDARIDAD CON QUIENES SUFREN Y ENTRE NOSOTRAS.

Mientras reflexionaba con Sofía, recordé el Capítulo 1970 y su llamada a la SOLIDARIDAD. Hace más de 50 años, nuestras hermanas escribieron:

Esta SOLIDARIDAD va sobre todo a desinstalarnos de nosotras mismas. Exige un serio esfuerzo en favor de una mejor distribución de los bienes de este mundo; nos pide el aprecio de las culturas y tradiciones de otros países y debe alejarnos de cualquier actitud de poder y paternalismo.

Esta opción implica la planificación de las obras, según las necesidades y posibilidades y siempre en una perspectiva mundial. Debe traducirse en una acción arriesgada. Nos llevará también a tomar posición ante las estructuras deshumanizadoras de una sociedad de consumo. (Capítulo General 1970, pág. 15)

Son palabras audaces, una llamada que hemos tratado de hacer vida de un modo u otro durante los últimos cincuenta años. Al orar con nuestro mundo de hoy en este 2020 y los deseos que tenemos de ser Artesanas de Esperanza, vinieron a mi mente las palabras de Habacuc: “Esta visión espera su debido tiempo, pero se cumplirá al fin y no fallará; si se demora en llegar, espérala, pues vendrá ciertamente y sin retraso”. (Habacuc 2, 2-3)

Tal vez este es el momento de ENSANCHAR NUESTRA VISIÓN. Este tiempo en el que experimentamos juntos un trauma global, es también la oportunidad de evaluar lo que es importante y lo que no lo es. Es momento de poner atención a lo que escuchamos entre nosotras y de las personas que nos rodean, de ser suficientemente humildes para aprender. Tal vez ahora es el momento de reexaminar nuestros propios corazones, y preguntarnos de nuevo cómo somos también cómplices de los pecados sistémicos de nuestro mundo:

Reconocer nuestra complicidad en sistemas que lastimen, disminuyan e ignoren a los demás y a nuestra tierra, es un signo de nuestra capacidad para responder a la llamada de Dios de una manera nueva: la de la fortaleza en la debilidad. Tal consciencia de nuestra complicidad personal, comunitaria, congregacional e institucional en sistemas injustos nos hace humildes. Nos invita a estar más abiertas a la obra transformadora del Espíritu en nosotros y en el mundo. Estamos llamados a escuchar y a reconciliarnos, a enfrentar nuestros propios pecados de racismo, clasismo y sexismo, y de esta profunda consciencia de nuestra debilidad y complicidad, a tomar medidas con otros y otras para promover el cambio estructural y sistémico. (Artesanas de Esperanza pag.15)

Somos una parte humilde y al mismo tiempo importante de la creación. Es tiempo de escuchar en silencio, de hacernos más humanas y de actuar de acuerdo con el estilo radical de Jesús, para SOLIDARIZARNOS con el proyecto y el pueblo de Dios, para cumplir la esperanza de Jesús “que sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo conozca que tú me has enviado”. (Juan 17, 21)

Ciertamente, una parte esencial de la SOLIDARIDAD es ser mansas y humildes, reconocer la necesidad que tenemos unas de otras y nuestra necesidad de Dios. ¿Quién mejor que Jesús puede enseñarnos cómo vivir en una SOLIDARIDAD MÁS PROFUNDA? La encarnación de Jesús es el mayor acto de solidaridad. Jesús aceptó humildemente hacerse humano, poner su tienda entre nosotros, solidarizarse con la humanidad, entregar su vida por el bien de sus amigos. Al renovar nuestro compromiso de seguir a Jesucristo para siempre, oremos unos por otros, para que tengamos el valor y la humildad de tomar su yugo, de vivir la llamada a descubrir y manifestar el amor del Corazón de Jesús, para actuar concretamente ahí donde estamos y como somos, cada uno y todos juntos como Un Cuerpo.

Con cariño y solidaridad en el Corazón de Jesús,

Superiora General

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